¿Qué pájaro tiene el coraje de cantar en un matorral de espinos?
J. M. Coetzee
Entornado
Me he obligado a contradecirme yo mismo para evitar adaptarme a mi propio gusto (Duchamp)
sábado 11 de febrero de 2012
lunes 6 de febrero de 2012
Y sólo había una cosa que me importara en la vida: tocar la trompeta. Así que cuando me enteré de la historia esa de que estaban buscando gente para el barco a vapor, el Virginian, que estaba en el puerto, me puse en la cola. La trompeta y yo. Enero de 1927. Ya tenemos músicos, dijo el tipo de la Compañía. Lo sé, y me puse a tocar. Se quedó allí mirándome fijamente sin mover ni un músculo. Esperó a que acabara sin decir una palabra. Después me preguntó:
«¿Qué era eso?»
«No lo sé.»
Se le iluminaron los ojos.
«Cuando no sabes lo que es, entonces es jazz.»
Después hizo algo raro con la boca, quizás era una sonrisa, tenía un diente de oro justo aquí mismo, tan en el centro que parecía que lo había puesto en el escaparate para venderlo.
«Van como locos por esa música ahí arriba.»
Ahí arriba quería decir en el barco. Y aquella especie de sonrisa quería decir que me habían contratado.
Tocábamos tres, cuatro veces al día. Primero para los ricos de la clase de lujo, y luego para los de segunda, y de vez en cuando íbamos donde estaban aquellos pobres emigrantes y tocábamos para ellos, pero sin uniforme, tal como íbamos, y de vez en cuando tocaban ellos también con nosotros. Tocábamos porque el océano es grande y da miedo, tocábamos para que la gente no notara el paso del tiempo, y se olvidara de dónde estaba, y de quién era. Tocábamos para hacer que bailaran, porque si bailas no puedes morir, y te sientes Dios. Y tocábamos ragtime, porque es la música con la que Dios baila cuando nadie lo ve.
Con la que Dios bailaría si fuera negro.
Baricco
lunes 23 de enero de 2012
Y desnudo, como siempre, me iré a la cama
y me acordaré de todas las manos
que me han recorrido
que han dibujado mi piel
bajo las sábanas
y buscaré las tuyas
entre las manchas
y las descubriré en medio de un mar
y me sentiré yo mismo como el mar
estaré sobre la corriente
y sabré que tus manos son
las que me esculpen
y entonces me veré allá
desde lo más hondo
y ya de pronto, y al fin
me ahogaré de todos los planetas
con todo el peso del mar
sobre mis huesos
me ahogaré
y con tus manos
entrando por mi boca
me dormiré,
con las algas, me ahogaré.
domingo 22 de enero de 2012
Penita - Pablo Paredes
Tu corazón es una piñata de un cumpleaños
que ya fue
tu penita lo mancha todo
tu pena es de cloro,
como no hay plata para el psicólogo
lloras todos los días a las once
hay un pantano en tu mejilla
UN CARNICERO ANDA SUELTO
ENTRE TUS VÍSCERAS.
Como no hay plata para el psicólogo
lloras todos los días a las once
lloras con cuidado para no despertar a nadie,
bien cerquita del teléfono
por si un día te llama un milagro.
Cuando caminas
vas dejando challas sucias.
jueves 12 de enero de 2012
Piensa en esto:
cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.
Julio Cortázar
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