martes, 13 de diciembre de 2011
Mi hermano Peter viene detrás y nos apelotonamos dentro como si todos fuéramos a vivir allí y lo viéramos por primera vez. Le señalo la ventana para que pueda ver el río. De vez en cuando, mientras escucha alguna historia que le cuenta Peter, se seca la cara, húmeda y roja, con un gran pañuelo blanco. Estoy sentado en la cama, detrás de ella, mirando lo enorme que tiene la espalda, y por debajo de la silla le veo las piernas, gruesas y rosadas, cómo disminuyen hasta embutirse por abajo en unos zapatos minúsculos. Es rosada por todas partes. El olor de su sudor llena la habitación. Huele como el césped recién cortado de afuera, y se me ocurre que no debo aspirarlo muy profundamente si no quiero engordar yo también. Nos levantamos para irnos y dejarla desempacar y nos da las gracias por todo, y cuando paso por la puerta suelta su pequeño gañido, su risa nerviosa. La miro sin querer desde la puerta y me está observando con sus ojos del tamaño de pelotas de golf.
-¿No hablas mucho, verdad? -dice. Y eso de alguna manera hace más difícil pensar en algo que decir. Así que me limito a sonreírle y sigo escaleras abajo.
Ian McEwan
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