domingo, 14 de octubre de 2012

La moral es la debilidad del cerebro.

Rimbaud

miércoles, 3 de octubre de 2012

-¿Es usted, señor Kiang? -Digo cortésmente-. Me parece haberlo visto antes.
-Mi nombre es Kiang Tao. Es posible que me haya visto... Doy tantas conferencias... Quizás en una de esas conferencias.
Su voz de gato me hace recordar la escena a la que había asistido tres años antes. Luego de prodigarle algunos elogios, le doy a conocer mi intención. Me echa una mirada con el rabillo del ojo.
-En Shanghai hay ahora más candidatos que empleos. Incluso numerosos estudiantes que  han vuelto de Europa se hallan sin trabajo; a fortiori (con mayor razón) los que han estudiado en Japón. Por otra parte, muchos de mis compañeros tampoco tienen empleo. Yo soy también un humanitario, pero, dadas las circunstancias, no puedo hacer nada. Su coterráneo está actualmente en buena situación. ¿Por qué no va a verlo?
Le digo mis dificultades. Con su voz aguda, continúa:
-Para el bolsillo, no es difícil ganar unos centavos. ¿Sabe usted escribir cuentos?
Acuciado por la necesidad, me vuelvo más y más audaz.
-Sé.
-Bien. Escriba in cuento y tráigamelo. Vale más que cuando empiece a hacerlo se halle en un estado de bienestar.
-¡Eso es imposible! Cuando no puedo ni si quiera ganarme la vida, ¿de dónde podría sacar semejante sentimiento?
-Los hechos son una cosa y la doctrina es otra. Para que sus cuentos se vendan bien, hay que seguir las corrientes del pensamiento. Lo mejor es escribir la vida de un obrero y demostrar lo desgraciado que es, maltratado por el capitalista. Es preciso que su cuento contenga sangre y lágrimas, para emocionar a los lectores.
-Sí, sí. Tiene usted razón.
Me despido. Mientras comino por la calle iluminada por los débiles rayos del sol poniente, siento un dolor secreto que no me es posible disipar. Me seco algunas lágrimas. No me quedaban más que veinte centavos. ¿Si comprara con ese dinero papel y un pincel? ¿Pero podré escribir, traspasado de hambre? Si comprara algo de comer no tendría papel en qué escribir. Después de reflexionar, tomo un tranvía que me lleva al hotel de Y-Ping Sian, donde vive mi coterráneo. Temiendo que los mozos del hotel no me dejen entrar al verme tan mal vestido, tomo un aire altanero y voy directo a la oficina. Pregunto en inglés el número de la habitación de mi coterráneo, porque para asombrar a los demás hay que hablar una lengua extranjera. Subo al piso. Mi coterráneo está ausente. Siempre en inglés, le pido al mozo que me abra la puerta, entro y me siento ante el escritorio. No veo papel. Llamo de nuevo al mozo y le pido papel. Escribo, pues, un cuento de tres mil palabras, en el que hablo de un tirador de rickshaw. Vive en una casa más pequeña y más sucia que un corral de cerdos. El propietario quiere subir el arriendo. El pobre protesta y se querella con él- Interviene el policía, encuentra culpable al pobre y amenaza con meterlo a la cárcel. Este, aunque está furioso, no tiene nada que hacer. Sale de su casa y se pone a beber como un loco en una taberna. Cae la noche. Borracho, tropieza en la calle, rueda y allí se duerme. Un automóvil pasa sobre su pierna derecha estirada y la quiebra. El dolor lo despierta, estalla en sollozos ante su pierna cortada y cubierta de sangre. ¡He ahí algo donde hay "sangre y lágrimas"! Realmente es literatura de la cuarta clase. Así, pues, tomo como título Sangre y Lágrimas.
Mi coterráneo no ha regresado aún cuando yo termino el cuento. El reloj da las nueve. Tengo hambre. Salgo majestuosamente del hotel llevándome mi composición. De paso compro un pedazo de pan y luego subo a un tranvía.
Al cabo de un instante llego a casa de Kiang Tao. Le entrego mi manuscrito. El lo lee de inmediato, silenciosamente, bajo la lámpara.
-La idea de este cuento es buena. Pero no está bien escrito. Tome, aquí tiene un yinyuán.
Asombrado, recibo el dinero y me voy. Me parece que me he convertido ya en un cuentista. Mi mano aprieta la moneda y mi corazón salta. Cuando paso ante un restaurante cerca de la estación, entro y como con gran apetito. Sólo salgo a una hora avanzada. El cielo me parece más alto, la tierra más vasta. Los edificios giran a mi alrededor. Me pregunto dónde voy a pasar la noche.

Yu Ta-fu