Paul Auster
miércoles, 30 de mayo de 2012
viernes, 4 de mayo de 2012
martes, 1 de mayo de 2012
Yo sentado en la escalera trasera de un micro bus. Una muchacha cargada de libros deja caer uno por accidente. Todo muere. No, eso viene después. La mochila abultada se le viene encima cuando intenta alcanzar el libro. No consigue manejar la situación. Todos la miran. Los demás libros caen. Uno de ellos llega a mis pies. ¿La vida es injusta o simplemente es, así, sin más? No me importa, no me importan las respuestas. Me apresuro a recoger el libro. Se lo extiendo velozmente, como si mi buena voluntad se batiera en el tiempo que tardo en ayudarla. Está demasiado ocupada recolectando sus objetos. Sobrepongo el libro en mis rodillas y espero pacientemente.
Aquello es el fin. Una vez que todo se halla nuevamente en orden le entrego su libro. No recuerdo su rostro, no recuerdo absolutamente nada de ella. Toca el timbre y el autobús se detiene bruscamente. Ella desciende por las escaleras. Permanezco inmóvil. Observo. Ella desaparece. Todo muere. El título que nunca miré del libro también muere. La historia de mi vida se puede resumir en un solo acto.
Aquello es el fin. Una vez que todo se halla nuevamente en orden le entrego su libro. No recuerdo su rostro, no recuerdo absolutamente nada de ella. Toca el timbre y el autobús se detiene bruscamente. Ella desciende por las escaleras. Permanezco inmóvil. Observo. Ella desaparece. Todo muere. El título que nunca miré del libro también muere. La historia de mi vida se puede resumir en un solo acto.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)