martes, 7 de agosto de 2012
Gamberros rockeros adolescentes toman por asalto las calles de todas las naciones. Irrumpen en el Louvre y arrojan ácido al rostro de la Gioconda. Abren puertas de zoos, manicomios, cárceles, revientan las conducciones de agua con martillos neumáticos, rompen a hachazos el suelo en los lavabos de los aviones comerciales, apagan faros a tiros, liman los cables del ascensor hasta un solo hilo, conectan las alcantarillas a los depósitos de agua, arrojan tiburones y rayas, anguilas eléctricas y candirús a las piscinas (el candirú es un pez pequeño en forma de angula o gusano de medio centímetro de grosor y de unos cinco de largo que circula por ciertos ríos de mala reputación de la cuenca del Amazonas, y que se cuela por la picha o por el culo, o por el coño de las mujeres faute de mieux, y se queda allí enganchado gracias a sus espinas afiladas sin que se sepa bien con qué objeto porque no ha habido ningún voluntario que observe in situ el ciclo vital del candirú), meten el Queen Mary a toda máquina en el puerto de Nueva York vestidos de marineros, hacen carreras con aviones y autobuses de pasajeros, irrumpen vestidos de bata blanca en hospitales y clínicas llevando serruchos y hachas y bisturíes de un metro de largo; sacan a los paralíticos de sus pulmones de acero (imitan sus ahogos revolcándose por el suelo con ojos desorbitados), ponen inyecciones con bombas de bicicleta, desconectan los riñones artificiales, cortan a una mujer por la mitad con una sierra quirúrgica de dos manos, meten piaras de cerdos gritones en la Bolsa, cagan en el suelo de las Naciones Unidas y se limpian el culo con tratados, pactos, alianzas.
Burroughs
miércoles, 1 de agosto de 2012
No todos eran así. Había algunos buenos tipos, y el Sordo era uno de los mejores. Nadie conocía su verdadero nombre, ni el Sordo se lo podía decir porque era sordomudo. Creo que se había pasado casi toda la vida dentro. Su celda era la más cómoda de toda la cárcel, era el único autorizado a hacerse el té. Estuve a menudo en su cuarto. No se hablaba nada, como es natural. Estábamos ahí sentados, a veces nos sonreíamos, nada más. Hacía té -el mejor que he probado en mi vida. Algunas tardes daba una cabezada en su sillón, mientras él leía uno de los tebeos de guerra que tenía apilados en un rincón. Cuando algo me preocupaba solía contárselo. No entendía una palabra, pero asentía y sonreía o se ponía triste, lo que le parecía adecuado a la expresión de mi cara. En general, los demás presos le hacían muy poco caso. Los guardias le apreciaban y le traían todo lo que quería. A veces tomábamos tarta de chocolate con el té. Sabía leer y escribir, así que no estaba mucho peor que yo.
Ian McEwan
Ian McEwan
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