viernes, 19 de junio de 2009

Despedida - Jorge Teillier

Me despido de mi mano
que pudo mostrar el paso del rayo
o la quietud de las piedras
bajo las nieves de antaño.

Para que vuelvan a ser bosques y arenas
me despido del papel blanco y de la tinta azul
de donde surgían los ríos perezosos,
cerdos en las calles, molinos vacíos.

Me despido de los amigos
en quienes más he confiado:
los conejos y las polillas,
las nubes harapientas del verano,
mi sombra que solía hablarme en voz baja.

Me despido de las Virtudes y de las Gracias del planeta:
Los fracasados, las cajas de música,
los murciélagos que al atardecer se deshojan
de los bosques de casas de madera.

Me despido de los amigos silenciosos
a los que sólo les importa saber
dónde se puede beber algo de vino,
y para los cuales todos los días
no son sino un pretexto
para entonar canciones pasadas de moda.

Me despido de una muchacha
que sin preguntarme si la amaba o no la amaba
caminó conmigo y se acostó conmigo
cualquiera tarde de esas que se llenan
de humaredas de hojas quemándose en las acequias.
Me despido de una muchacha
cuyo rostro suelo ver en sueños
iluminado por la triste mirada
de trenes que parten bajo la lluvia.

Me despido de la memoria
y me despido de la nostalgia
-la sal y el agua
de mis días sin objeto -

y me despido de estos poemas:
palabras, palabras -un poco de aire
movido por los labios- palabras
para ocultar quizás lo único verdadero:
que respiramos y dejamos de respirar.

miércoles, 3 de junio de 2009

La vieja Troya de Príamo
hoy cambió su son y gime
grandemente a causa de la triste sangre
por la ciudad derramada
echando a Paris en cara
su desdichado lecho
y la perdición de todos.

miércoles, 27 de mayo de 2009

sábado, 16 de mayo de 2009

Tristan Tzara

Toda forma de asco susceptible de convertirse en negación de la familia es Dada; la protesta a puñetazos de todo el ser entregado a una acción destructiva es Dada; el conocimiento de todos los medios hasta hoy rechazados por el pudor sexual, por el compromiso demasiado cómodo y por la cortesía es Dada; la abolición de la lógica, la danza de los impotentes de la creación es Dada; la abolición de la lógica, la abolición de toda jerarquía y de toda ecuación social de valores establecida entre los siervos que se hallan entre nosotros es Dada; todo objeto, todos los objetos, los sentimientos y las oscuridades, las apariciones y el choque preciso de las líneas paralelas son medios de lucha Dada; abolición de la memoria: Dada; abolición del futuro: Dada; confianza indiscutible en todo dios producto inmediato de la espontaneidad: Dada; salto elegante y sin prejuicios de una armonía a otra esfera; trayectoria de una palabra lanzada como un disco, grito sonoro; respeto de todas las individualidades en la momentánea locura de cada uno de sus sentimientos, serios o temerosos, tímidos o ardientes, vigorosos, decididos, entusiastas; despojar la propia iglesia de todo accesorio inútil y pesado; escupir como una cascada luminosa el pensamiento descortés o amoroso, o bien, complaciéndose en ello, mimarlo con la misma identidad, lo que es lo mismo, en un matorral puro de insectos para una noble sangre, dorado por los cuerpos de los arcángeles y por su alma. Libertad: dada, dada, dada, aullido de colores encrespados, encuentro de todos los contrarios y de todas las contradicciones, de todo motivo grotesco, de toda incoherencia, la vida.

viernes, 1 de mayo de 2009

lunes, 20 de abril de 2009

Ofelia - Arthur Rimbaud


I
Sobre el tranquilo remanso donde las estrellas duermen,
como una gran flor de lis la blanca Ofelia flotaba,
rodéanle largos velos que lentamente la mecen,
cuando tocan a muerte en el bosque lejano.

Hace ya más de mil años que la triste Ofelia yace
sobre el rio negro y largo, igual que un blanco fantasma.
Hace ya más de mil años que murmura la romanza
de su suave locura al céfiro de la tarde.

El viento besa sus senos y despliega en corola
sus grandes velos mecidos muellemente por las aguas,
los sauces estremecidos sobre su espalda la lloran,
sobre su frente dormida se inclinan los cañizares.

Los nenúfares heridos en torno a ella se pasman,
ella despierta a veces, en un abedul moroso,
algún nido del que escapa un leve temblor de alas:
- Y de los astros de oro cae un canto misterioso.

II
¡Oh pálida Ofelia bella!, igual que la nieve hermosa:
¡Sí! tú moriste niña por la corriente llevada.
- De los montes de Noruega los vientos tumultuosos
de ásperas libertades te hablaron con voz quebrada.

Fue un soplo retorciendo tu espléndida cabellera
a tu alma soñadora trajo un extraño sonido;
Tu corazón escuchaba cantar la naturaleza
en los quejidos del árbol y de la noche el suspiro.

Es que la voz de los mares, locos, con inmenso hálito,
rompió tu pecho de niña tan humana y tan sencilla
¡y una mañana de abril un caballero muy pálido,
un pobre mudo alocado, se sentó en tus rodillas!

¡Cielo, amor, libertad! ¡Qué sueño, oh pobre loca!
Tú te fundías con él como nieve en llamarada
y tus tremendas visiones enmudecieron tu boca
-Y el infierno terrible azaró tu azul mirada.

III
- Y nuestro poeta cuenta que, con el fulgor del cielo
las flores que tú cogiste de noche, vas a buscar,
y que ha visto sobre el agua, recostada entre los velos,
como una gran flor de lis, la blanca Ofelia flotar.

jueves, 16 de abril de 2009

Sabía que iba a casarse el sábado siguiente, en una boda de estruendo, y el ser que más la amaba y había de amarla hasta siempre no tendría ni siquiera el derecho de morirse por ella. Los celos, hasta entonces ahogados en llanto, se hicieron dueños de su alma. Rogaba a Dios que la centella de la justicia divina fulminara a Fermina Daza cuando se dispusiera a jurar amor y obediencia a un hombre que sólo la quería para esposa como un adorno social, y se extasiaba en la visión de la novia, suya o de nadie, tendida bocarriba sobre las losas de la catedral con los azahares nevados por el rocío de la muerte, y el torrente de espuma del velo sobre los mármoles funerarios de catorce obispos sepultados frente al altar mayor. Sin embargo, una vez consumada la venganza, se arrepentía de su propia maldad, y entonces veía a Fermina Daza levantándose con el aliento intacto, ajena pero viva, porque no le era posible imaginarse el mundo sin ella.