martes, 11 de junio de 2013
sábado, 4 de mayo de 2013
-Evidentemente, usted todavía nunca ha hablado con fantasmas; jamás se puede obtener de ellos una información clara. Eso es un de aquí para allá. Estos fantasmas parecen dudar más que nosotros de su existencia, cosa que por lo demás, dada su fragilidad, no es de extrañar.
-Pero yo he oído decir que se los puede seducir.
-En ese punto está bien informado. Se puede. ¿Pero quién lo va a hacer?
-¿Por qué no? Si es un fantasma femenino, por ejemplo -dijo, y subió otro escalón.
-¡Ah, sí...! -dije-, pero aún así no vale la pena. Recapacité.
Mi vecino estaba ya tan alto que para verme tenía que agacharse por debajo de una arcada de la escalera.
-Pero no obstante -grité-, si usted ahí arriba me quita mi fantasma, rompemos relaciones para siempre.
-¡Pero si fue solamente una broma! -dijo, y retiró la cabeza.
-Entonces está bien -dije.
Y ahora si que, a decir verdad, podría haber salido tranquilamente a pasear; pero como me sentía tan desolado preferí subir, y me eché a dormir.
Kafka
-Pero yo he oído decir que se los puede seducir.
-En ese punto está bien informado. Se puede. ¿Pero quién lo va a hacer?
-¿Por qué no? Si es un fantasma femenino, por ejemplo -dijo, y subió otro escalón.
-¡Ah, sí...! -dije-, pero aún así no vale la pena. Recapacité.
Mi vecino estaba ya tan alto que para verme tenía que agacharse por debajo de una arcada de la escalera.
-Pero no obstante -grité-, si usted ahí arriba me quita mi fantasma, rompemos relaciones para siempre.
-¡Pero si fue solamente una broma! -dijo, y retiró la cabeza.
-Entonces está bien -dije.
Y ahora si que, a decir verdad, podría haber salido tranquilamente a pasear; pero como me sentía tan desolado preferí subir, y me eché a dormir.
Kafka
domingo, 28 de abril de 2013
domingo, 10 de febrero de 2013
jueves, 24 de enero de 2013
Amiga
Mamie, no comprenderás pero escucha
el dolor no me lo puedo llorar en un pañuelo
Las palabras son graves como una procesión de reyes
para tu alma con lagos secos y tristes.
Te he llamado con mucho amor
Tus senos son flores sin tiestos
y punzan frambuesas con sabor de leche
la almohada nube traspasada por la noche
En tu cabello hay cáscaras de naranja, en el deseo manada de caballos
En tus ojos hay sol, en los labios ganas de comer
La carne huele a hierba después de llover
durazno maduro, miel de mayo y frescura
Te compraré sin falta pendientes
de los joyeros judíos
Te daré semillas de flores raras
para enriquecer tus gatos literarios
¿Quieres? Acaríciame, arrúllame
se me ha muerto la novia
Pregúntame quién era
y dime cuándo te vas
Mamie, no comprenderás
pero es cosa bella estar en un poema
Has entrado como un insecto florido en
mi cuerpo con moho y aperos de fragua
Tristan Tzara
miércoles, 3 de octubre de 2012
-¿Es usted, señor Kiang? -Digo cortésmente-. Me parece haberlo visto antes.
-Mi nombre es Kiang Tao. Es posible que me haya visto... Doy tantas conferencias... Quizás en una de esas conferencias.
Su voz de gato me hace recordar la escena a la que había asistido tres años antes. Luego de prodigarle algunos elogios, le doy a conocer mi intención. Me echa una mirada con el rabillo del ojo.
-En Shanghai hay ahora más candidatos que empleos. Incluso numerosos estudiantes que han vuelto de Europa se hallan sin trabajo; a fortiori (con mayor razón) los que han estudiado en Japón. Por otra parte, muchos de mis compañeros tampoco tienen empleo. Yo soy también un humanitario, pero, dadas las circunstancias, no puedo hacer nada. Su coterráneo está actualmente en buena situación. ¿Por qué no va a verlo?
Le digo mis dificultades. Con su voz aguda, continúa:
-Para el bolsillo, no es difícil ganar unos centavos. ¿Sabe usted escribir cuentos?
Acuciado por la necesidad, me vuelvo más y más audaz.
-Sé.
-Bien. Escriba in cuento y tráigamelo. Vale más que cuando empiece a hacerlo se halle en un estado de bienestar.
-¡Eso es imposible! Cuando no puedo ni si quiera ganarme la vida, ¿de dónde podría sacar semejante sentimiento?
-Los hechos son una cosa y la doctrina es otra. Para que sus cuentos se vendan bien, hay que seguir las corrientes del pensamiento. Lo mejor es escribir la vida de un obrero y demostrar lo desgraciado que es, maltratado por el capitalista. Es preciso que su cuento contenga sangre y lágrimas, para emocionar a los lectores.
-Sí, sí. Tiene usted razón.
Me despido. Mientras comino por la calle iluminada por los débiles rayos del sol poniente, siento un dolor secreto que no me es posible disipar. Me seco algunas lágrimas. No me quedaban más que veinte centavos. ¿Si comprara con ese dinero papel y un pincel? ¿Pero podré escribir, traspasado de hambre? Si comprara algo de comer no tendría papel en qué escribir. Después de reflexionar, tomo un tranvía que me lleva al hotel de Y-Ping Sian, donde vive mi coterráneo. Temiendo que los mozos del hotel no me dejen entrar al verme tan mal vestido, tomo un aire altanero y voy directo a la oficina. Pregunto en inglés el número de la habitación de mi coterráneo, porque para asombrar a los demás hay que hablar una lengua extranjera. Subo al piso. Mi coterráneo está ausente. Siempre en inglés, le pido al mozo que me abra la puerta, entro y me siento ante el escritorio. No veo papel. Llamo de nuevo al mozo y le pido papel. Escribo, pues, un cuento de tres mil palabras, en el que hablo de un tirador de rickshaw. Vive en una casa más pequeña y más sucia que un corral de cerdos. El propietario quiere subir el arriendo. El pobre protesta y se querella con él- Interviene el policía, encuentra culpable al pobre y amenaza con meterlo a la cárcel. Este, aunque está furioso, no tiene nada que hacer. Sale de su casa y se pone a beber como un loco en una taberna. Cae la noche. Borracho, tropieza en la calle, rueda y allí se duerme. Un automóvil pasa sobre su pierna derecha estirada y la quiebra. El dolor lo despierta, estalla en sollozos ante su pierna cortada y cubierta de sangre. ¡He ahí algo donde hay "sangre y lágrimas"! Realmente es literatura de la cuarta clase. Así, pues, tomo como título Sangre y Lágrimas.
Mi coterráneo no ha regresado aún cuando yo termino el cuento. El reloj da las nueve. Tengo hambre. Salgo majestuosamente del hotel llevándome mi composición. De paso compro un pedazo de pan y luego subo a un tranvía.
Al cabo de un instante llego a casa de Kiang Tao. Le entrego mi manuscrito. El lo lee de inmediato, silenciosamente, bajo la lámpara.
-La idea de este cuento es buena. Pero no está bien escrito. Tome, aquí tiene un yinyuán.
Asombrado, recibo el dinero y me voy. Me parece que me he convertido ya en un cuentista. Mi mano aprieta la moneda y mi corazón salta. Cuando paso ante un restaurante cerca de la estación, entro y como con gran apetito. Sólo salgo a una hora avanzada. El cielo me parece más alto, la tierra más vasta. Los edificios giran a mi alrededor. Me pregunto dónde voy a pasar la noche.
Yu Ta-fu
-Mi nombre es Kiang Tao. Es posible que me haya visto... Doy tantas conferencias... Quizás en una de esas conferencias.
Su voz de gato me hace recordar la escena a la que había asistido tres años antes. Luego de prodigarle algunos elogios, le doy a conocer mi intención. Me echa una mirada con el rabillo del ojo.
-En Shanghai hay ahora más candidatos que empleos. Incluso numerosos estudiantes que han vuelto de Europa se hallan sin trabajo; a fortiori (con mayor razón) los que han estudiado en Japón. Por otra parte, muchos de mis compañeros tampoco tienen empleo. Yo soy también un humanitario, pero, dadas las circunstancias, no puedo hacer nada. Su coterráneo está actualmente en buena situación. ¿Por qué no va a verlo?
Le digo mis dificultades. Con su voz aguda, continúa:
-Para el bolsillo, no es difícil ganar unos centavos. ¿Sabe usted escribir cuentos?
Acuciado por la necesidad, me vuelvo más y más audaz.
-Sé.
-Bien. Escriba in cuento y tráigamelo. Vale más que cuando empiece a hacerlo se halle en un estado de bienestar.
-¡Eso es imposible! Cuando no puedo ni si quiera ganarme la vida, ¿de dónde podría sacar semejante sentimiento?
-Los hechos son una cosa y la doctrina es otra. Para que sus cuentos se vendan bien, hay que seguir las corrientes del pensamiento. Lo mejor es escribir la vida de un obrero y demostrar lo desgraciado que es, maltratado por el capitalista. Es preciso que su cuento contenga sangre y lágrimas, para emocionar a los lectores.
-Sí, sí. Tiene usted razón.
Me despido. Mientras comino por la calle iluminada por los débiles rayos del sol poniente, siento un dolor secreto que no me es posible disipar. Me seco algunas lágrimas. No me quedaban más que veinte centavos. ¿Si comprara con ese dinero papel y un pincel? ¿Pero podré escribir, traspasado de hambre? Si comprara algo de comer no tendría papel en qué escribir. Después de reflexionar, tomo un tranvía que me lleva al hotel de Y-Ping Sian, donde vive mi coterráneo. Temiendo que los mozos del hotel no me dejen entrar al verme tan mal vestido, tomo un aire altanero y voy directo a la oficina. Pregunto en inglés el número de la habitación de mi coterráneo, porque para asombrar a los demás hay que hablar una lengua extranjera. Subo al piso. Mi coterráneo está ausente. Siempre en inglés, le pido al mozo que me abra la puerta, entro y me siento ante el escritorio. No veo papel. Llamo de nuevo al mozo y le pido papel. Escribo, pues, un cuento de tres mil palabras, en el que hablo de un tirador de rickshaw. Vive en una casa más pequeña y más sucia que un corral de cerdos. El propietario quiere subir el arriendo. El pobre protesta y se querella con él- Interviene el policía, encuentra culpable al pobre y amenaza con meterlo a la cárcel. Este, aunque está furioso, no tiene nada que hacer. Sale de su casa y se pone a beber como un loco en una taberna. Cae la noche. Borracho, tropieza en la calle, rueda y allí se duerme. Un automóvil pasa sobre su pierna derecha estirada y la quiebra. El dolor lo despierta, estalla en sollozos ante su pierna cortada y cubierta de sangre. ¡He ahí algo donde hay "sangre y lágrimas"! Realmente es literatura de la cuarta clase. Así, pues, tomo como título Sangre y Lágrimas.
Mi coterráneo no ha regresado aún cuando yo termino el cuento. El reloj da las nueve. Tengo hambre. Salgo majestuosamente del hotel llevándome mi composición. De paso compro un pedazo de pan y luego subo a un tranvía.
Al cabo de un instante llego a casa de Kiang Tao. Le entrego mi manuscrito. El lo lee de inmediato, silenciosamente, bajo la lámpara.
-La idea de este cuento es buena. Pero no está bien escrito. Tome, aquí tiene un yinyuán.
Asombrado, recibo el dinero y me voy. Me parece que me he convertido ya en un cuentista. Mi mano aprieta la moneda y mi corazón salta. Cuando paso ante un restaurante cerca de la estación, entro y como con gran apetito. Sólo salgo a una hora avanzada. El cielo me parece más alto, la tierra más vasta. Los edificios giran a mi alrededor. Me pregunto dónde voy a pasar la noche.
Yu Ta-fu
Suscribirse a:
Entradas (Atom)