«¿Qué era eso?»
«No lo sé.»
Se le iluminaron los ojos.
«Cuando no sabes lo que es, entonces es jazz.»
Después hizo algo raro con la boca, quizás era una sonrisa, tenía un diente de oro justo aquí mismo, tan en el centro que parecía que lo había puesto en el escaparate para venderlo.
«Van como locos por esa música ahí arriba.»
Ahí arriba quería decir en el barco. Y aquella especie de sonrisa quería decir que me habían contratado.
Tocábamos tres, cuatro veces al día. Primero para los ricos de la clase de lujo, y luego para los de segunda, y de vez en cuando íbamos donde estaban aquellos pobres emigrantes y tocábamos para ellos, pero sin uniforme, tal como íbamos, y de vez en cuando tocaban ellos también con nosotros. Tocábamos porque el océano es grande y da miedo, tocábamos para que la gente no notara el paso del tiempo, y se olvidara de dónde estaba, y de quién era. Tocábamos para hacer que bailaran, porque si bailas no puedes morir, y te sientes Dios. Y tocábamos ragtime, porque es la música con la que Dios baila cuando nadie lo ve.
Con la que Dios bailaría si fuera negro.
Baricco