lunes, 6 de febrero de 2012

Y sólo había una cosa que me importara en la vida: tocar la trompeta. Así que cuando me enteré de la historia esa de que estaban buscando gente para el barco a vapor, el Virginian, que estaba en el puerto, me puse en la cola. La trompeta y yo. Enero de 1927. Ya tenemos músicos, dijo el tipo de la Compañía. Lo sé, y me puse a tocar. Se quedó allí mirándome fijamente sin mover ni un músculo. Esperó a que acabara sin decir una palabra. Después me preguntó:
«¿Qué era eso?»
«No lo sé.»
Se le iluminaron los ojos.
«Cuando no sabes lo que es, entonces es jazz.»
Después hizo algo raro con la boca, quizás era una sonrisa, tenía un diente de oro justo aquí mismo, tan en el centro que parecía que lo había puesto en el escaparate para venderlo.
«Van como locos por esa música ahí arriba.»
Ahí arriba quería decir en el barco. Y aquella especie de sonrisa quería decir que me habían contratado.
Tocábamos tres, cuatro veces al día. Primero para los ricos de la clase de lujo, y luego para los de segunda, y de vez en cuando íbamos donde estaban aquellos pobres emigrantes y tocábamos para ellos, pero sin uniforme, tal como íbamos, y de vez en cuando tocaban ellos también con nosotros. Tocábamos porque el océano es grande y da miedo, tocábamos para que la gente no notara el paso del tiempo, y se olvidara de dónde estaba, y de quién era. Tocábamos para hacer que bailaran, porque si bailas no puedes morir, y te sientes Dios. Y tocábamos ragtime, porque es la música con la que Dios baila cuando nadie lo ve.
Con la que Dios bailaría si fuera negro.

Baricco

lunes, 23 de enero de 2012

Y me dan unas ganas infinitas de decirte: levántate, o decirte: resucita de una vez por todas y salgamos a la calle con el niño, el mío, el de dos años, mi amado niño y llevémoslo al hospital. Debemos llevarlo porque, después de todo, ya no tenemos nada que perder.

Diamela Eltit.

domingo, 22 de enero de 2012

Penita - Pablo Paredes

Tu corazón es una piñata de un cumpleaños
que ya fue
tu penita lo mancha todo
tu pena es de cloro,

como no hay plata para el psicólogo
lloras todos los días a las once

hay un pantano en tu mejilla

UN CARNICERO ANDA SUELTO
ENTRE TUS VÍSCERAS.

Como no hay plata para el psicólogo
lloras todos los días a las once
lloras con cuidado para no despertar a nadie,
bien cerquita del teléfono
por si un día te llama un milagro.

Cuando caminas
vas dejando challas sucias.

jueves, 12 de enero de 2012

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

Julio Cortázar

martes, 10 de enero de 2012

Y sentirme culpable cuando no tengo razón y contento cuando me perdonas y mirar tus fotos y desear haberte conocido desde siempre...

Sarah Kane

domingo, 25 de diciembre de 2011

Agua clara bajo el puente, y en el puente vos y yo..

martes, 13 de diciembre de 2011

Mi hermano Peter viene detrás y nos apelotonamos dentro como si todos fuéramos a vivir allí y lo viéramos por primera vez. Le señalo la ventana para que pueda ver el río. De vez en cuando, mientras escucha alguna historia que le cuenta Peter, se seca la cara, húmeda y roja, con un gran pañuelo blanco. Estoy sentado en la cama, detrás de ella, mirando lo enorme que tiene la espalda, y por debajo de la silla le veo las piernas, gruesas y rosadas, cómo disminuyen hasta embutirse por abajo en unos zapatos minúsculos. Es rosada por todas partes. El olor de su sudor llena la habitación. Huele como el césped recién cortado de afuera, y se me ocurre que no debo aspirarlo muy profundamente si no quiero engordar yo también. Nos levantamos para irnos y dejarla desempacar y nos da las gracias por todo, y cuando paso por la puerta suelta su pequeño gañido, su risa nerviosa. La miro sin querer desde la puerta y me está observando con sus ojos del tamaño de pelotas de golf.
-¿No hablas mucho, verdad? -dice. Y eso de alguna manera hace más difícil pensar en algo que decir. Así que me limito a sonreírle y sigo escaleras abajo.

Ian McEwan