-¿Cuál es tu sueño?
-Ninguno.
domingo, 10 de febrero de 2013
jueves, 24 de enero de 2013
Amiga
Mamie, no comprenderás pero escucha
el dolor no me lo puedo llorar en un pañuelo
Las palabras son graves como una procesión de reyes
para tu alma con lagos secos y tristes.
Te he llamado con mucho amor
Tus senos son flores sin tiestos
y punzan frambuesas con sabor de leche
la almohada nube traspasada por la noche
En tu cabello hay cáscaras de naranja, en el deseo manada de caballos
En tus ojos hay sol, en los labios ganas de comer
La carne huele a hierba después de llover
durazno maduro, miel de mayo y frescura
Te compraré sin falta pendientes
de los joyeros judíos
Te daré semillas de flores raras
para enriquecer tus gatos literarios
¿Quieres? Acaríciame, arrúllame
se me ha muerto la novia
Pregúntame quién era
y dime cuándo te vas
Mamie, no comprenderás
pero es cosa bella estar en un poema
Has entrado como un insecto florido en
mi cuerpo con moho y aperos de fragua
Tristan Tzara
miércoles, 3 de octubre de 2012
-¿Es usted, señor Kiang? -Digo cortésmente-. Me parece haberlo visto antes.
-Mi nombre es Kiang Tao. Es posible que me haya visto... Doy tantas conferencias... Quizás en una de esas conferencias.
Su voz de gato me hace recordar la escena a la que había asistido tres años antes. Luego de prodigarle algunos elogios, le doy a conocer mi intención. Me echa una mirada con el rabillo del ojo.
-En Shanghai hay ahora más candidatos que empleos. Incluso numerosos estudiantes que han vuelto de Europa se hallan sin trabajo; a fortiori (con mayor razón) los que han estudiado en Japón. Por otra parte, muchos de mis compañeros tampoco tienen empleo. Yo soy también un humanitario, pero, dadas las circunstancias, no puedo hacer nada. Su coterráneo está actualmente en buena situación. ¿Por qué no va a verlo?
Le digo mis dificultades. Con su voz aguda, continúa:
-Para el bolsillo, no es difícil ganar unos centavos. ¿Sabe usted escribir cuentos?
Acuciado por la necesidad, me vuelvo más y más audaz.
-Sé.
-Bien. Escriba in cuento y tráigamelo. Vale más que cuando empiece a hacerlo se halle en un estado de bienestar.
-¡Eso es imposible! Cuando no puedo ni si quiera ganarme la vida, ¿de dónde podría sacar semejante sentimiento?
-Los hechos son una cosa y la doctrina es otra. Para que sus cuentos se vendan bien, hay que seguir las corrientes del pensamiento. Lo mejor es escribir la vida de un obrero y demostrar lo desgraciado que es, maltratado por el capitalista. Es preciso que su cuento contenga sangre y lágrimas, para emocionar a los lectores.
-Sí, sí. Tiene usted razón.
Me despido. Mientras comino por la calle iluminada por los débiles rayos del sol poniente, siento un dolor secreto que no me es posible disipar. Me seco algunas lágrimas. No me quedaban más que veinte centavos. ¿Si comprara con ese dinero papel y un pincel? ¿Pero podré escribir, traspasado de hambre? Si comprara algo de comer no tendría papel en qué escribir. Después de reflexionar, tomo un tranvía que me lleva al hotel de Y-Ping Sian, donde vive mi coterráneo. Temiendo que los mozos del hotel no me dejen entrar al verme tan mal vestido, tomo un aire altanero y voy directo a la oficina. Pregunto en inglés el número de la habitación de mi coterráneo, porque para asombrar a los demás hay que hablar una lengua extranjera. Subo al piso. Mi coterráneo está ausente. Siempre en inglés, le pido al mozo que me abra la puerta, entro y me siento ante el escritorio. No veo papel. Llamo de nuevo al mozo y le pido papel. Escribo, pues, un cuento de tres mil palabras, en el que hablo de un tirador de rickshaw. Vive en una casa más pequeña y más sucia que un corral de cerdos. El propietario quiere subir el arriendo. El pobre protesta y se querella con él- Interviene el policía, encuentra culpable al pobre y amenaza con meterlo a la cárcel. Este, aunque está furioso, no tiene nada que hacer. Sale de su casa y se pone a beber como un loco en una taberna. Cae la noche. Borracho, tropieza en la calle, rueda y allí se duerme. Un automóvil pasa sobre su pierna derecha estirada y la quiebra. El dolor lo despierta, estalla en sollozos ante su pierna cortada y cubierta de sangre. ¡He ahí algo donde hay "sangre y lágrimas"! Realmente es literatura de la cuarta clase. Así, pues, tomo como título Sangre y Lágrimas.
Mi coterráneo no ha regresado aún cuando yo termino el cuento. El reloj da las nueve. Tengo hambre. Salgo majestuosamente del hotel llevándome mi composición. De paso compro un pedazo de pan y luego subo a un tranvía.
Al cabo de un instante llego a casa de Kiang Tao. Le entrego mi manuscrito. El lo lee de inmediato, silenciosamente, bajo la lámpara.
-La idea de este cuento es buena. Pero no está bien escrito. Tome, aquí tiene un yinyuán.
Asombrado, recibo el dinero y me voy. Me parece que me he convertido ya en un cuentista. Mi mano aprieta la moneda y mi corazón salta. Cuando paso ante un restaurante cerca de la estación, entro y como con gran apetito. Sólo salgo a una hora avanzada. El cielo me parece más alto, la tierra más vasta. Los edificios giran a mi alrededor. Me pregunto dónde voy a pasar la noche.
Yu Ta-fu
-Mi nombre es Kiang Tao. Es posible que me haya visto... Doy tantas conferencias... Quizás en una de esas conferencias.
Su voz de gato me hace recordar la escena a la que había asistido tres años antes. Luego de prodigarle algunos elogios, le doy a conocer mi intención. Me echa una mirada con el rabillo del ojo.
-En Shanghai hay ahora más candidatos que empleos. Incluso numerosos estudiantes que han vuelto de Europa se hallan sin trabajo; a fortiori (con mayor razón) los que han estudiado en Japón. Por otra parte, muchos de mis compañeros tampoco tienen empleo. Yo soy también un humanitario, pero, dadas las circunstancias, no puedo hacer nada. Su coterráneo está actualmente en buena situación. ¿Por qué no va a verlo?
Le digo mis dificultades. Con su voz aguda, continúa:
-Para el bolsillo, no es difícil ganar unos centavos. ¿Sabe usted escribir cuentos?
Acuciado por la necesidad, me vuelvo más y más audaz.
-Sé.
-Bien. Escriba in cuento y tráigamelo. Vale más que cuando empiece a hacerlo se halle en un estado de bienestar.
-¡Eso es imposible! Cuando no puedo ni si quiera ganarme la vida, ¿de dónde podría sacar semejante sentimiento?
-Los hechos son una cosa y la doctrina es otra. Para que sus cuentos se vendan bien, hay que seguir las corrientes del pensamiento. Lo mejor es escribir la vida de un obrero y demostrar lo desgraciado que es, maltratado por el capitalista. Es preciso que su cuento contenga sangre y lágrimas, para emocionar a los lectores.
-Sí, sí. Tiene usted razón.
Me despido. Mientras comino por la calle iluminada por los débiles rayos del sol poniente, siento un dolor secreto que no me es posible disipar. Me seco algunas lágrimas. No me quedaban más que veinte centavos. ¿Si comprara con ese dinero papel y un pincel? ¿Pero podré escribir, traspasado de hambre? Si comprara algo de comer no tendría papel en qué escribir. Después de reflexionar, tomo un tranvía que me lleva al hotel de Y-Ping Sian, donde vive mi coterráneo. Temiendo que los mozos del hotel no me dejen entrar al verme tan mal vestido, tomo un aire altanero y voy directo a la oficina. Pregunto en inglés el número de la habitación de mi coterráneo, porque para asombrar a los demás hay que hablar una lengua extranjera. Subo al piso. Mi coterráneo está ausente. Siempre en inglés, le pido al mozo que me abra la puerta, entro y me siento ante el escritorio. No veo papel. Llamo de nuevo al mozo y le pido papel. Escribo, pues, un cuento de tres mil palabras, en el que hablo de un tirador de rickshaw. Vive en una casa más pequeña y más sucia que un corral de cerdos. El propietario quiere subir el arriendo. El pobre protesta y se querella con él- Interviene el policía, encuentra culpable al pobre y amenaza con meterlo a la cárcel. Este, aunque está furioso, no tiene nada que hacer. Sale de su casa y se pone a beber como un loco en una taberna. Cae la noche. Borracho, tropieza en la calle, rueda y allí se duerme. Un automóvil pasa sobre su pierna derecha estirada y la quiebra. El dolor lo despierta, estalla en sollozos ante su pierna cortada y cubierta de sangre. ¡He ahí algo donde hay "sangre y lágrimas"! Realmente es literatura de la cuarta clase. Así, pues, tomo como título Sangre y Lágrimas.
Mi coterráneo no ha regresado aún cuando yo termino el cuento. El reloj da las nueve. Tengo hambre. Salgo majestuosamente del hotel llevándome mi composición. De paso compro un pedazo de pan y luego subo a un tranvía.
Al cabo de un instante llego a casa de Kiang Tao. Le entrego mi manuscrito. El lo lee de inmediato, silenciosamente, bajo la lámpara.
-La idea de este cuento es buena. Pero no está bien escrito. Tome, aquí tiene un yinyuán.
Asombrado, recibo el dinero y me voy. Me parece que me he convertido ya en un cuentista. Mi mano aprieta la moneda y mi corazón salta. Cuando paso ante un restaurante cerca de la estación, entro y como con gran apetito. Sólo salgo a una hora avanzada. El cielo me parece más alto, la tierra más vasta. Los edificios giran a mi alrededor. Me pregunto dónde voy a pasar la noche.
Yu Ta-fu
sábado, 22 de septiembre de 2012
lunes, 3 de septiembre de 2012
ENFERMERA. –¿No deberíamos esterilizarlo, doctor?
DR. BENWAY. –Probablemente, pero no hay tiempo. –Se sienta en el desatascador como si fuera un bastón-asiento, y contempla cómo el ayudante hace la incisión–. Vosotros los jóvenes sois unos inútiles que no podéis sajar un grano sin bisturí eléctrico con drenaje automático y sutura más automática todavía… Dentro de poco estaremos operando por control remoto a unos pacientes que nunca habremos visto… No serviremos más que para apretar botones. La cirugía ya no necesitará habilidad… Ni conocimientos ni técnica… ¿Les he contado que una vez realicé una apendicectomía con una lata de sardinas oxidada? Y otra vez me encontré sin instrumental alguno y quité un tumor uterino con los dientes. Eso fue en el Alto Effendi, y además…
DR. LIMPF. –La incisión está lista, doctor.
El doctor Benway hace entrar la ventosa del desatascador por la incisión y bombea arriba y abajo. La sangre salta sobre los médicos, la enfermera y las paredes… La ventosa produce un chapoteo espantoso.
ENFERMERA. –Creo que está muerta, doctor.
DR. BENWAY. –Bueno, son gajes del oficio. –Cruza la habitación hacia el botiquín…– ¡Algún jodido drogadicto me ha cortado la cocaína con detergente! ¡Enfermera! ¡Mande al chico a buscarme esa receta a paso ligero!
El doctor Benway opera en un auditorio lleno de estudiantes:
–Bien, jóvenes, no verán ustedes realizar esta operación con mucha frecuencia y hay una buena razón para ello… No tiene el más mínimo valor médico. Nadie sabe cuál era su finalidad, ni si tenía alguna finalidad. Personalmente creo que se trató de una creación puramente artística desde el principio. Al igual que el torero logra eludir con su habilidad y sabiduría el peligro que él mismo ha provocado, el cirujano hace peligrar deliberadamente al paciente de esta operación, para luego, con increíble rapidez y celeridad, rescatarle de la muerte en la última fracción de segundo disponible… ¿Alguno de ustedes ha visto actuar al doctor Tetrazzini? Digo actuar a sabiendas, porque sus operaciones eran auténticas. Comenzaba lanzando un bisturí sobre el paciente desde la puerta y luego hacía su entrada de bailarín de ballet. Su velocidad era increíble: «Así no les dejo tiempo para morirse», decía. Los tumores le provocaban un frenesí de rabia. «¡Jodidas células sin disciplina!», refunfuñaba avanzando sobre el tumor como un navajero.
William Burroughs
DR. BENWAY. –Probablemente, pero no hay tiempo. –Se sienta en el desatascador como si fuera un bastón-asiento, y contempla cómo el ayudante hace la incisión–. Vosotros los jóvenes sois unos inútiles que no podéis sajar un grano sin bisturí eléctrico con drenaje automático y sutura más automática todavía… Dentro de poco estaremos operando por control remoto a unos pacientes que nunca habremos visto… No serviremos más que para apretar botones. La cirugía ya no necesitará habilidad… Ni conocimientos ni técnica… ¿Les he contado que una vez realicé una apendicectomía con una lata de sardinas oxidada? Y otra vez me encontré sin instrumental alguno y quité un tumor uterino con los dientes. Eso fue en el Alto Effendi, y además…
DR. LIMPF. –La incisión está lista, doctor.
El doctor Benway hace entrar la ventosa del desatascador por la incisión y bombea arriba y abajo. La sangre salta sobre los médicos, la enfermera y las paredes… La ventosa produce un chapoteo espantoso.
ENFERMERA. –Creo que está muerta, doctor.
DR. BENWAY. –Bueno, son gajes del oficio. –Cruza la habitación hacia el botiquín…– ¡Algún jodido drogadicto me ha cortado la cocaína con detergente! ¡Enfermera! ¡Mande al chico a buscarme esa receta a paso ligero!
El doctor Benway opera en un auditorio lleno de estudiantes:
–Bien, jóvenes, no verán ustedes realizar esta operación con mucha frecuencia y hay una buena razón para ello… No tiene el más mínimo valor médico. Nadie sabe cuál era su finalidad, ni si tenía alguna finalidad. Personalmente creo que se trató de una creación puramente artística desde el principio. Al igual que el torero logra eludir con su habilidad y sabiduría el peligro que él mismo ha provocado, el cirujano hace peligrar deliberadamente al paciente de esta operación, para luego, con increíble rapidez y celeridad, rescatarle de la muerte en la última fracción de segundo disponible… ¿Alguno de ustedes ha visto actuar al doctor Tetrazzini? Digo actuar a sabiendas, porque sus operaciones eran auténticas. Comenzaba lanzando un bisturí sobre el paciente desde la puerta y luego hacía su entrada de bailarín de ballet. Su velocidad era increíble: «Así no les dejo tiempo para morirse», decía. Los tumores le provocaban un frenesí de rabia. «¡Jodidas células sin disciplina!», refunfuñaba avanzando sobre el tumor como un navajero.
William Burroughs
martes, 7 de agosto de 2012
Gamberros rockeros adolescentes toman por asalto las calles de todas las naciones. Irrumpen en el Louvre y arrojan ácido al rostro de la Gioconda. Abren puertas de zoos, manicomios, cárceles, revientan las conducciones de agua con martillos neumáticos, rompen a hachazos el suelo en los lavabos de los aviones comerciales, apagan faros a tiros, liman los cables del ascensor hasta un solo hilo, conectan las alcantarillas a los depósitos de agua, arrojan tiburones y rayas, anguilas eléctricas y candirús a las piscinas (el candirú es un pez pequeño en forma de angula o gusano de medio centímetro de grosor y de unos cinco de largo que circula por ciertos ríos de mala reputación de la cuenca del Amazonas, y que se cuela por la picha o por el culo, o por el coño de las mujeres faute de mieux, y se queda allí enganchado gracias a sus espinas afiladas sin que se sepa bien con qué objeto porque no ha habido ningún voluntario que observe in situ el ciclo vital del candirú), meten el Queen Mary a toda máquina en el puerto de Nueva York vestidos de marineros, hacen carreras con aviones y autobuses de pasajeros, irrumpen vestidos de bata blanca en hospitales y clínicas llevando serruchos y hachas y bisturíes de un metro de largo; sacan a los paralíticos de sus pulmones de acero (imitan sus ahogos revolcándose por el suelo con ojos desorbitados), ponen inyecciones con bombas de bicicleta, desconectan los riñones artificiales, cortan a una mujer por la mitad con una sierra quirúrgica de dos manos, meten piaras de cerdos gritones en la Bolsa, cagan en el suelo de las Naciones Unidas y se limpian el culo con tratados, pactos, alianzas.
Burroughs
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