No todos eran así. Había algunos buenos tipos, y el Sordo era uno de los mejores. Nadie conocía su verdadero nombre, ni el Sordo se lo podía decir porque era sordomudo. Creo que se había pasado casi toda la vida dentro. Su celda era la más cómoda de toda la cárcel, era el único autorizado a hacerse el té. Estuve a menudo en su cuarto. No se hablaba nada, como es natural. Estábamos ahí sentados, a veces nos sonreíamos, nada más. Hacía té -el mejor que he probado en mi vida. Algunas tardes daba una cabezada en su sillón, mientras él leía uno de los tebeos de guerra que tenía apilados en un rincón. Cuando algo me preocupaba solía contárselo. No entendía una palabra, pero asentía y sonreía o se ponía triste, lo que le parecía adecuado a la expresión de mi cara. En general, los demás presos le hacían muy poco caso. Los guardias le apreciaban y le traían todo lo que quería. A veces tomábamos tarta de chocolate con el té. Sabía leer y escribir, así que no estaba mucho peor que yo.
Ian McEwan
No hay comentarios:
Publicar un comentario